La importancia de desconectar

He estado de vacaciones en Uruguay. De hecho, todas las fotos que te pongo en este post son de mi viaje. Quizás sea el mejor viaje que he hecho en los últimos años. O en toda mi vida. Y lo es porque hacía mucho tiempo que no conseguía lo que he podido hacer esta vez: desconectar y reiniciar mi cerebro.

Y es que el viaje ha consistido, básicamente, en charlar con gente (y en comer como si estuviésemos acumulando grasas para el invierno, pero eso ya os lo cuento otro día, cuando supere mi depresión porque mi dieta se ha ido al garete). No tenía que visitar nada obligatoriamente, ni tenía que ir a sacar fotos a ningún sitio, ni tenía que hacer nada de nada más que ver a mi familia y a mis amigos y estar con ellos.

Así que este viaje me ha permitido, por ejemplo, desayunar con mi tía Marta sin prisa, hablando de libros, de viajes y de arquitectura. O dar un paseo por la playa de 10 kilómetros con mi tío Gustavo (10 kilómetros literales, no estoy exagerando) mientras charlábamos y descubríamos fauna local. O jugar con mis sobrinas. No he tenido ningún tipo de limitación porque no tenía la obligación de hacer nada.

Y sí, la verdad es que dicho así puede sonar al infierno en la tierra. Al fin y al cabo, ya sabes que soy muy introvertida y que socializar me agota totalmente. Y que, de los viajes, lo que más me gusta es conocer, investigar e inspeccionar. Pero la verdad es que era justo lo que necesitaba.

El cerebro se agota

Lo decimos de muchas maneras: que si estrés, que si burnout, que si no aguantamos más, que si necesitamos vacaciones… Me da igual la etiqueta que le pongas. Lo cierto es que usamos el cerebro a todas horas. Tenemos unos 60.000 pensamientos al día que procesan una cantidad de información brutal, a veces, sin que nos demos cuenta.

La mayor parte de lo que hace nuestro cerebro es en piloto automático. Es decir, no nos enteramos de muchas de las decisiones que tomamos porque están basadas en hábitos, en cosas que hacemos repetida y continuadamente. Así que no tomamos la decisión consciente de, no sé, comprobar que la puerta está bien cerrada después de girar la llave, sino que lo hacemos sin darnos cuenta porque tenemos la costumbre de hacerlo.

Nuestro cerebro adora la repetición porque eso le permite ser infinitamente más eficiente. Todo lo que puede hacer sin esfuerzo lo hace feliz.

El problema es que hacemos miles de cosas que sí que nos requieren esfuerzo. Tabajamos, leemos, tenemos problemas, nos preocupamos por cosas, tenemos proyectos personales, listas de cosas por hacer… Y todas esas cosas nos exigen mucho más de lo que pensamos.

La cultura de darlo todo

Y encima hay una especie de presión por hacerlo todo y llegar a todo y estar siempre activa y practicar y ser cada vez mejor y crecer y BLA BLA BLA que hace que todos nos desesperemos y nos quememos aún más. Porque siempre hay alguien que tiene más éxito o más seguidores y que hace lo mismo que tú pero más bonito y que tiene una vida de película y… BASTA YA.

No puedo con esa gente que dice que respires tu proyecto continuamente, que te dejes la piel, que trabajes más horas que nadie, que NO PARES NUNCA.

Y no solo porque me parece insultante, exagerado y una explotación flagrante de ti mismo, sino porque, además, eso no funciona.

Dar un paso atrás para dar tres adelante

No puedes estar todo el tiempo pensando en lo mismo porque pierdes la perspectiva. Y, si no dejas que tu proyecto (por ejemplo, ¡tu libro!) respire y deje de ser el centro de tu existencia, es imposible que entiendas para dónde tirar y qué hacer.

Y no solo eso, sino que además, si no te das tiempo para descansar, desconectar y reiniciar, no vas a tener ideas nuevas, ni vas a recuperar fuerzas para hacer las cosas que no te gusta hacer pero que tienes que hacer (ejercicio, dieta, llamar a tu madre, la declaración de IVA…).

A veces hay que cerrar el chiringuito, pedirte vacaciones y observar cómo pasan las nubes con el cerebro en blanco.

 

Analizar y valorar

De hecho, 2018 para mí (y para Demodé por extensión) fue un año de transición. Fue el año en el que recurrí a ayuda externa para mejorar mis procesos, para ver si estaba haciendo las cosas bien. ¿Y sabes qué descubrí?

Que estaba ocupada todo el día, pero que no hacía cosas útiles para nadie; Que no tenía estrategia, ni sabía dónde quería ir ni qué quería conseguir; que necesitaba parar y analizar bien cuáles eran mis prioridades y qué tenía que hacer para conseguir lo que quería.

En definitiva, que tenía que dejar de hacer, hacer y hacer todo el santo día y concentrarme en analizar, valorar y planificar (ja, ja, ja, todo lo que se me da bien en la vida).

No nos enseñan a pensar

No sé si has notado alguna vez que estás molesta por algo que no sabes qué es. Que estás incómoda y tienes una sensación desagradable, pero sin poder precisar exactamente de qué se trata.

A mí me pasa continuamente y tardé bastante tiempo en darme cuenta de que eran todos los temas que dejo abiertos día sí y día también. Esas cosas que aplazamos y posponemos, porque las tenemos que pensar bien o porque no sabemos qué decidir.

A nuestro cerebro le gusta cerrar temas, dejar las cosas atadas, pasar a otra cosa. Le gusta tomar decisiones. Pero a nosotros no, porque tenemos miedo o pereza o lo que sea. Y nadie nos enseña a coger el toro por los cuernos, sentarnos y pensar.

De hecho (MOMENTO VIEJUNO) cuando nos enviaban al rincón de pensar era por algo malo, nunca por algo bueno. Nadie nos dice que nos tomemos un rato para pensar y decidir cuál es la mejor manera de resolver un problema o de encarar un proyecto. No. Lo que nos dicen es que trabajemos y trabajemos. Y luego trabajemos un poco más.

Y eso es una tragedia griega, porque, realmente, funcionamos mucho mejor cuando tenemos un rato para reflexionar. Aunque pensemos en cosas que no tienen nada que ver. O especialmente cuando pensamos en cosas que no tienen nada que ver.

Reiniciar

Cuando tienes el ordenador encendido durante varios días, al final empieza a fallar. Va más lento, le cuesta leer algunos archivos, te da algún mensaje de error. En ese momento, reinicias y el ordenador vuelve a funcionar como la seda.

Tú necesitas lo mismo. Puede ser un reinicio diario (yo tejo media horita todas las mañanas y después de comer y pienso mucho mientras lo hago) o, después de todo un año de trabajo duro, un reinicio en forma de viaje al Uruguay para comer alfajores, asados y medialunas de membrillo y pasear con tu familia por la playa o por el centro de Montevideo.

Lo que está claro (o, al menos, yo lo tengo cristalino) es que eso de estar todo el día enganchada, todo el día conectada, todo el día en alerta, no funciona. No somos máquinas y, precisamente, lo mejor que tenemos es la capacidad de tener ideas, relacionar conceptos y pensar cosas. Y para poder hacer todo eso, necesitamos espacio y tiempo.

Hazte tiempo, encuentra espacio y no le hagas caso a nadie. Descansa, desconecta y no pienses en nada. Y vuelve luego al trabajo (¡a tu libro!) con más ganas que nunca y con ideas nuevas y diferentes. Porque un cerebro descansado vale por dos. Palabrita.

Demodé
Demodé
hola@demodebooks.com

La editorial punk: libros para hacer las cosas a tu manera. Somos de las que siempre llevan lectura y herramientas en el bolso para aprovechar hasta los tres minutos de espera del autobús.

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