Ah, la bañera. La piscina de los pobres, el jacuzi del pueblo llano. La masa de agua con la que nos conformamos hasta que nos toque la lotería o nos liemos a estafar como la otra mitad del país. La bañera. No, no la llenamos a menudo para no acabar con el agua de los pantanos ni causar otras hecatombes ecológicas, pero de vez en cuando nos damos un capricho, abrimos el grifo a tope y le ponemos aunque sea un buen chorro de gel para que eso haga espuma y nos dé la sensación de estar en un spa de...

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