Hace unos meses me compré un guante de crin en una de esas tiendas que venden productos naturales no testados en animales. Una de esas tiendas en las que todo está hecho con cosas de muy lejos: el cacao es de Madagascar, la miel es de abejas tibetanas y el barro es de los volcanes guatemaltecos. Vamos, que me costó un riñón. Y aunque lo uso religiosamente todos los días y estoy encantada con él, cuanto más lo miro, más tonta me siento, porque el guante de crin es, en sí mismo, una tontería mayúscula. Los hay más complicados, pero...

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